Nuestros personajes tienen que ser especiales

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Si no, nuestra historia podría ser la historia de cualquiera. Y no.

Tenemos que hacer que la historia sea única porque nuestro personaje sea único.

Si Breaking Bad lo protagonizara un gangster, ya no tendríamos Breaking Bad, llena de matices y con desarrollo complejo (y lento) de un personaje que no es un gangster, sino un padre de familia (apocado y al que nadie le hace caso) que acaba convirtiéndose en un gangster. Si lo protagonizara un un delincuente estaríamos ante una serie de tiros y brazos rotos, muy al estilo Steven Seagal (“a ver a cuántos de los otros puedo matar”).

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Steve viendo a una tía buena en una discoteca o a un chino malo al que se la tiene jurada

La historia es nuestro personaje y tenemos que hacer que sea especial de alguna manera.

  • Puede tener un pasado oscuro.
  • Puede vivir una situación de “pez fuera del agua”.
  • Puede ser un tipo particular, raro, con una visión del mundo extravagante.
  • Puede tener gestos de una naturaleza que no creeríamos que sería la que más le cuadra.

Nuestro personaje no puede ser cualquiera de nosotros. Y si lo es tiene que vivir una situación muy poco habitual. Lo bueno de “Mejor imposible” es que Jack Nicholson está pirado. Lo interesante de “Family Guy” es que Peter Griffin es un niño pequeño metido en el cuerpo de un tipo de mediana edad (mira, igual que Big, con Tom Hanks).

Para que nuestro personaje sea especial tenemos que hacerlo especial, complejo, diferente, interesante.

Algo así es lo que hace James Cameron en Terminator.

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En un momento de la película, el androide (un malo malísimo de mucho cuidado) entra en un motel de mala muerte. Está herido y tiene que operarse (él solito).

Primero se cura el brazo. Luego, frente al espejo, el ojo. Y cuando termina, se pone unas gafas de sol y se repeina. ¡Y es un robot! ¡Se quiere ver guapo, y es un robot! Esto lo hace especial, particular. Nos cae hasta un poco bien el tipo, y eso que es un bicho metálico sin corazón que quiere cargarse a nuestro amigo, el bueno.

Aquí os dejo la escena. El maquillaje canta la Traviata, y la actuación es de Schwarzenegger (comparable a Steven Seagal o al mismísimo Hulk Hogan), pero merece la pena echarle un vistazo.

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Una pizca de humor

partirse de risa
¡Ése es el espíritu!

A veces conseguir una risa a destiempo es la clave. Sólo hay que saber el cómo y el cuándo y consigue un efecto casi mágico. Desbloquear al espectador y sacudir la historia.

El ejemplo que me viene a la cabeza es la presentación de Dexter. En dos momentos: cuándo dice “mis padres están muertos. No los he matado yo… En serio.” Y cuando le dice a su primera victima que él no mata a niños porque tiene “sus propios niveles de calidad.”

Un asesino en tono de comedia
Un asesino en tono de comedia

Con solo ese par de destellos el espectador se da cuenta de que no está ante una serie en la que un asesino psicópata (solamente) va buscando a otros asesinos para matarlos. También sabe que ese asesino psicópata le puede hacer reír y puede, incluso, caerle simpático.

Y se consigue.

Otro ejemplo es Terminator. La primera. El androide asesino encarnado por Schwarzenegger se está operando un ojo en un lavabo sucio. Como espectadores estamos flipando con todas las cosas que es capaz de hacer esta máquina de matar. Pero estamos un poco bloqueados en esta sensación de pánico, de ansia, de congelación. Y entonces el robot se mira en el espejo… ¡¡y se pone guapo!!

justo antes de ponerse guapete

Y claro, nos entra un poco la risa, nos desbloquea. Nos sentimos más identificados. Nos gusta más la historia. De eso se trataba, ¿no?