El éxito

Un guionista se enfrentándose a la hoja en blanco. Este es el principio de todas las historias que vemos en el cine y en la televisión.

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INT. DESPACHO DEL GUIONISTA – DÍA

En la pantalla en blanco parpadea insistente el cursor. El guionista, con barba de tres días, ojos reposados, sostiene una taza de café humeante en las manos. Mira con serenidad ese cursor parpadeante. Da un trago al café. Su despacho es un cubículo ordenado. Quizá una guitarra en un rincón. Quizá un calendario con fechas tachadas. No hay ropa por medio aunque se adivine que el despacho forma parte de su casa, no de una oficina. Por la ventana se cuela una luz alegre de primavera. El guionista huele su café, se deleita y lo deja sobre la mesa. Entonces comienza a teclear. Todo da vueltas en su cabeza, pero el tecleo constante pone orden a esa mezcla de ideas, de situaciones que piensa. Mágicamente, las palabras que teclea, se hacen reales. Salen de la pantalla del ordenador (un barco, una mujer en bikini llorando en cubierta, un niño con una lupa, una hormiga gigante saliendo del mar). El guionista teclea sin parar porque, sencillamente, nada puede pararlo. Toda su historia está en su cabeza y tiene que sacarla de allí.

La productora acepta el guión sin mover una sola coma

Al cabo de una semana el guionista ha dejado de escribir. Su historia está completa en el papel. La manda a una productora (que le ha pagado previamente generosamente) y no le ponen ninguna pega. De hecho le dicen que es lo mejor que han recibido en años, que así da gusto trabajar. La productora contrata a la actriz protagonista a la que el guionista hizo referencia en una reunión como “la chica en la que pensaba cuando escribió la historia”. El director viene de dar un pelotazo con una película que no sólo ha funcionado bien en taquilla, sino que además está llena de momentos de cine de verdad. Lo han tentado con Hollywood, pero prefiere hacer este último proyecto antes porque lo considera esencial para su trayectoria.

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Después de tres meses de preproducción todo está a punto. Las localizaciones están seleccionadas, los equipos alquilados, el personal está dispuesto. En tres semanas se rueda. En otras tres la cinta está lista. Seis meses después, en Octubre, la película se estrena y es un gran éxito. Tanto que el guionista, el director y la actriz protagonista reciben ofertas de medio mundo para trabajar en otros proyectos, pero con total libertad creativa. Es sólo el principio de un largo viaje. El guionista (que es nuestro prota) lo mira todo con aire de satisfacción, pero con un poco de miedo. Todo eso parece un poco irreal. Es como si no estuviese sucediendo verdaderamente.

No quiere despertarse. Quiere saborear un momento más ese éxito

Entonces cae en la cuenta. Es demasiado bonito para ser real, pero a la vez demasiado hermoso como para no luchar por ello. Sabe que se ha quedado dormido en algún punto. Es posible que ni siquiera haya empezado a escribir, que el cursor siga parpadeando insistente desde la página electrónica y blanca del ordenador y él se haya quedado aletargado con el café (ya frío) en la mano, pero no quiere despertarse. Todavía no. Quiere saborear un momento aún ese éxito. No el de la película realizada, el público a sus pies, el smoking en Cannes, sino ver cómo en el otro lado del mundo, más allá de ese espejo del ordenador, todo eso puede ser posible, al menos en parte.

Charlie KaufmanRespira hondo. Sabe que no está preparado, pero se hace el fuerte. Va a despertar. Cuando lo haga escribirá el encabezamiento de su primera escena. Luego vendrá la lucha. No sabe si llegará al final del camino, pero está seguro de que sólo el esfuerzo merecerá la pena. La motivación es terminar el trabajo, no buscar premios ni futuros contratos. La motivación es seguir adelante, escribir la primera escena y continuar como si no hubiera retorno posible, porque está seguro de que ha nacido para eso. Solo para eso y no puede luchar contra sí mismo.

El amor y las series

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Me impresionó mucho una frase de Steve Jobs en su famosa conferencia en la universidad de Stanford en 2005. El resumen de la idea es “Si no has encontrado el trabajo que te haga feliz, sigue buscando. Lo encontrarás y sabrás que es ese. Es igual que el amor”. Aquí os dejo una presentación en la que se muestra la idea principal. Me gusta cómo juega con los elementos gráficos (está en inglés, por cierto).

Encontrar tu trabajo es como encontrar el amor. ¿No es bonito eso?

Pues algo así es lo que sucede también con las series y con las películas. Hay veces en que no sabes por qué, pero la serie que tienes delante tiene algo que escapa a cualquier análisis y te fascina. Sientes que acabas de entrar en un lugar que es tan tuyo como tu casa y más mágico que un bosque. Esa serie te dice algo, te llama, mueve determinados resortes que estaban ahí, esperando a que alguien los tocara. Y poco importa si hay fallos, si la iluminación es deficiente, si hay alguna trama que se queda medio descolgada… Simplemente te fascina, te atrapa. Lo único que queda por hacer es dejarse llevar y disfrutar al máximo.

Lo normal es volverse insensible a los fallos de una serie que te enamora

Algo parecido a eso me ha pasado en series como El Ministerio del tiempo (para mí lo mejor que hay ahora mismo en ficción en España), o con películas como Coherence (una verdadera pequeña maravilla de ciencia ficción) o En la casa, de François Ozon.

¿Que estas obras tienen errores? Claro. Coherence ganaría con alguna trama secundaria y el Ministerio tiene algunas escenas a las que les falta algo de ritmo. Todo es mejorable, pero a mí, sencillamente, me llegan al corazón. Punto. No hay discusión posible, porque no se puede discutir sobre emociones. Si en una relación alguien deja de querer a la otra persona no hay nada que hacer, ni que discutir, ni que porfiar. Se acabará. Puede que no haya una explicación. Sencillamente el amor se habrá acabado.

Hay relaciones en las que el amor se acaba sin que nadie sepa por qué

También sucede en el caso opuesto. Hay películas que parecen tenerlo todo, y series bien estructuradas, con actuaciones estelares y con tramas interesantes que nos dejan más fríos que la sonrisa de un verdugo.

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Ayer vi la premiere de El Caso y me sucedió algo por el estilo. La trama estaba bien, las actuaciones eran más que correctas, los secundarios llenaban las escenas notablemente, la ambientación era muy interesante… pero mi corazón no reaccionaba. Al acabar el capítulo estaba a punto de irme a la cama cuando vi que reponían el primer capítulo de Desaparecida. De pronto todo cambió. Sentí como si algo despertara dentro de mí. En la pantalla se notaba el artificio, había alguna actuación digna de mejor causa, pero me interesaba, me atrapaba, me empujaba dentro de esa historia.

Si alguien me pregunta cuál es la diferencia no sabría qué responderle. Puede que sea una cuestión de química con una historia. Puede que sea sólo una cuestión de amor.

La fe de escribir un guión

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Escribir un guión es un ejercicio de fe. Eso lo sabemos todos los que pasamos nuestro tiempo juntando palabras que quieren acabar convirtiéndose en una historia. El proceso es duro, muy duro. Uno tiene que batirse el cobre con elementos que se encuentran tanto dentro como fuera del propio hecho de escribir. Se lucha contra las estructuras que se le pueden atragantar, contra motivaciones burdas de personajes, contra el vacío contra el que se estrella tu historia llegado a un determinado punto. Después, si se han logrado superar estos escollos se lucha por conseguir el equilibrio entre desvelar y sugerir, entre la obviedad y la pista. Se lucha por lograr que lo que acaba en el papel sea exactamente lo que teníamos en la cabeza cuando comenzamos, meses atrás, esta aventura.

El miedo a que tanto esfuerzo se quede en nada

Pero es que además tenemos que pelear contra los elementos que están fuera del propio proceso de escritura. La incomprensión de los demás, el miedo a que tantas horas, tanto esfuerzo no valgan de nada, la sensación de que al final, en el mejor de los casos, se conseguirá terminar la obra, pero que esta tiene muchas posibilidades de que quede para siempre metida en un cajón. Hace poco, vía facebook me llegó un vídeo de lo más explicativo sobre qué era conseguir que se realizase una película.

Vídeo Filmmaking – A Recipe For Disaster

Hace mucho tiempo, en un pub de jazz de Sevilla decidí que iba a dedicarme a escribir. Había quedado con un amigo que aseguraba tener una idea brillante para un cortometraje (si la cita fuera hoy me hablaría de un microteatro, está claro). La historia no me convenció del todo. Era un poco demasiado “de tesis”. No me movió, pero había disfrutado tratando ideas, secuenciándolas, imaginando personajes y una trama sólida.

Sonaba en el ambiente el piano de Bill Evans y entonces lo supe. Fue como una epifanía, una llamada a la aventura que no podía desoír. Yo iba a escribir historias. Puede que no la suya, pero sí otras que fueran ilusionantes, que despertaran emociones. Colgada de la pared, en un rincón del pub, una camiseta negra con una trompeta blanca era testigo de mi decisión.

– Ves esa camiseta -le dije a mi amigo -. Será lo primero que compre cuando cobre por algo de lo que escriba.

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Not mine… yet

Cuando comencé a escribir guiones leí un artículo en el que un guionista de cierto renombre declaraba que entre un 80 y un 90 por ciento de las cosas que había escrito no tenía salida. Del resto, lo que llegaban a la consideración de una productora, había otro corte y menos de la mitad llegaba a buen puerto, a la producción, al casting, a los actores, a la emisión. En resumen ¡menos de un cinco por ciento de lo que escribía! ¡Él, que era conocido, que estaba establecido en el sector!

Dicen por ahí que menos de la mitad de un diez por ciento de lo que escribe un guionista tiene salida.

La verdad es que leer ese artículo me dejó pensando, pero no tenía otra opción: yo tenía que ser guionista, tenía que escribir, tenía que conseguir “colocar” historias, hacer que se emitieran, hacer posible que aquello que comenzaba en un papel acabara en una pantalla.

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Cafe Jazz Naima, en Sevilla

De momento no he conseguido que nadie quiera coprar una serie que tengo muy avanzada, ni ninguno de los dos programas de entretenimiento que andan rulando, ni siquiera me he decidido a escribir un microteatro. Pero hace nada logré hacer algo de lo que no me creía capaz (vistos los resultados precedentes): conseguí que alguien se interesara por un sketch que había escrito. De hecho le gustó bastante y le pareció lo suficientemente interesante como para pagar por él y encargarme más. Así que dentro de nada pasaré a engrosar la lista de guionistas que, en algún momento de su carrera, han conseguido cobrar por su trabajo. Ya tengo gastado el dinero que cobraré por este encargo. Por fin compraré la camiseta que vi hace años en un pub de Sevilla y tendré la sensación de comienzo a caminar por un sendero nuevo.

12 diferencias entre los clásicos Disney y los cuentos tradicionales

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Hacer una adaptación siempre es una tarea compleja. Tienes que resumir tramas, dar unidad, lograr que las motivaciones de los personajes sean claras y hacer posible que los eventos que suceden en las historias tengan su razón de ser. Repasando algunos de los cuentos originales en los que se basaron las historias de princesas de Disney nos podemos encontrar con varias diferencias interesantes. Nos hemos centrado en tres de estas adaptaciones (Cenicienta, Blancanieves y La Bella Durmiente), pero en el resto de historias de Disney encontraríamos muchas cosas más.

Cenicienta

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Cenicienta es la historia de una chica de buena familia cuya madre muere. Su padre se casa con una mujer mala, malísima que tiene dos hijas. Después, el padre muere y la madrastra se porta fatal con ella, la trata como a una criada y la despoja de cualquier estatus social. Esa es al menos la versión de Walt Disney, la que todos conocemos. Pero el cuento original cuenta otra historia ligeramente distinta.

Para empezar, la primera diferencia es que el padre de Cenicienta no muere en ningún momento en el cuento tradicional, simplemente se desentiende de ella. La madrastra le hace mil perrerías y la degrada a sirvienta-esclava y al padre le da absolutamente igual. Una cosa es que en la época las tareas del hogar y el cuidado de los hijos no estuviera repartido igual entre hombres y mujeres, pero otra cosa es que una hija coma de sobras y duerma en un establo y al padre le importe un rábano.

¿Os acordáis del hada madrina? ¿Esa mujer regordeta que andaba cantando por ahí su “shalakabula” y moviendo la varita mágica? Pues nada de eso, quien le da a Cenicienta todos sus vestidos y sus zapatos son los pájaros y un árbol mágico que ella misma había plantado.

Sangre por todas partes

Pero la diferencia más brutal tiene que ver con el gore (cosa que me apuntó Lidia Fraga en su momento). Las hermanastras, cuando tienen la oportunidad de probarse el zapato para ser la elegida, al ver que no les entra, cogen un cuchillo y se amputan (sí señores, se amputan) los dedos de los pies y el talón respectivamente. Animadas, eso sí, por su madre (“chica, córtate los dedos, que total, qué más da”, les dice a sus hijas con buen juicio la amable señora). La primera hermana logra engañar al príncipe, que la sube a la grupa de su caballo y sólo repara en que algo va mal cuando ve el chorreo de sangre que van dejando como rastro. Después es la segunda hermana la que engaña al heredero al trono (que debía ir bien bebido a su fiesta para ir confundiendo doncellas de esa manera) y desenmascara a la impostora cuando ve que el camino parece más propio de Carrie que de un cuento tradicional.

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Algo así tuvo que pasar en el salón de Cenicienta según el cuento

Finalmente Cenicienta se prueba el zapato y le viene que ni pintado (¿qué calzaba, un 32? ¿qué edad tenía esa muchacha?). En la boda, ella perdona a sus hermanastras, pero los pájaros, que eran muy amigos de cenicienta, no y les pican en los ojos a las hermanas hasta dejarlas ciegas. Todo muy constructivo y apto para todos los públicos.

Resumiendo

  • El padre de Cenicienta no muere, simplemente pasa de su hija
  • El hada madrina no existe
  • Las hermanastras se amputan los dedos y el talón para conseguir que les entre el zapato
  • Las hermanastras son atacadas por pájaros en la boda (una verdadera precuela de la peli de Hitchcock)

Blancanieves

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La madrastra de Disney encarga el asesinato de Blancanieves a un cazador. Como este le falla ella se disfraza de anciana vendedora y se la carga con la consabida manzana envenenada. Una efectividad que ni León el profesional. Ahora bien, en el cuento la madrastra es más torpona. Intenta matar a Blancanieves primero con lazo (la cree muerta, pero los enanitos la salvan), luego con un peine (sucede exactamente lo mismo) y al final con la manzana de marras (con la que finalmente logra su objetivo). Con este asesinato en tres actos da la impresión de que la madrastra era más tenaz que una opositora a la administración pública y que Blancanieves era más bien una inconsciente que buscaba que la matasen.

Ni beso ni barranco

¿Os acordáis de ese príncipe que se enamora de una muchacha muerta (lo cual es un poco WTF) que está metida en una urna y le planta un beso de amor y la muchacha se despierta? Pues nada de eso. El príncipe, al ver a Blancanieves (que tenía, ojo, unos trece o catorce años) inerte, metida en su urna de cristal, le parece “una criatura bellísima”. Le pide a los enanitos llevársela a su castillo para, así, admirarla a diario (aquí hay subtexto para dar y regalar, pero lo que les pide es exactamente esto). Cuando la están transportando, con los baches del camino, expulsa el trozo de manzana envenenada que se le había quedado atravesada en la garganta. Entonces es cuando la muchacha se despierta, suponemos que sorprendida al verse metida en un ataúd en plan Kill Bill, aunque sea de cristal.

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Concéntrate, Blancanieves

Por supuesto, hay una boda. La madrastra se entera, y al ver a Blancanieves casándose (y ver lo guapísima que está) se marcha del reino ofuscadísima y nunca más se sabe de ella. Así que no muere cayendo por un precipicio mientras es perseguida por unos enanos que buscan venganza. Sencillamente hace las maletas y se larga a algún otro sitio en el que sea la más guapa del lugar.

Resumiendo

  • Hay varios intentos de asesinato por parte de la madrastra
  • No hay resurrección por beso
  • La madrastra no muere despeñada, sino que decide emigrar

La bella durmiente

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Hay trece hadas en el reino, pero el rey no tiene un cubierto de oro para todas, así que decide, al buen tuntún, dejar a una fuera de la celebración por el nacimiento. Ésa hada maldice a la bella y dice que morirá cuando se pinche con una rueca al cumplir quince años.

En la película de Disney no hay tanta hada por allí volando. Son sólo tres las invitadas. Cuando Maléfica se presenta en la fiesta por el nacimiento de la princesa los reyes no pueden alegar nada. Es evidente que no la han invitado porque no han querido, no porque la vajilla se les haya quedado corta. Así que maldice igualmente al bebé.

Colectivización del sueño

Se da la orden de destrozar todas las ruecas del reino, pero por pura casualidad (según el cuento) había una en el propio castillo y es con ella con la que se pincha la princesa y se queda dormida. Todos se quedan dormidos durante cien años sin que medie ningún hechizo por parte de las hadas regordetas y buenas. Sencillamente se duermen. El castillo queda cubierto por unos rosales impenetrables. Hay príncipes extranjeros que, queriendo conocer más acerca de esta historia, pretenden atravesar los rosales. ¿Creéis que lo logra alguno en 99 años y 364 días? Efectivamente: no. Todos mueren enzarzados. Se quedan atrapados allí y mueren. No quiero imaginarme la agonía de esos príncipes, porque tampoco queda narrada en el cuento original, pero seguro que muy agradable no fue.

Maléfica
No, esto no tiene mucho que ver con el cuento original

Ahora bien, cuando llega el último día de la maldición, un príncipe atraviesa el rosal (tenía que estar trufadito aquello de cadáveres) y entra al castillo. Alcanza la habitación donde la princesa estaba dormida y esta se despierta. Sí, justo en ese momento. Y no, no hay besos ni nada que se le parezca. Lo que sí que hay es una boda al final, vaya a saber usted por qué.

Resumiendo

  • Trece hadas en vez de cuatro
  • No hay una lucha entre el hada malvada y ningún príncipe. Ella echó su maldición gitana y se quitó de en medio. No vuelve a aparecer.
  • El hada mala no tiene nada que ver con la rueca con la que se pincha la princesa
  • Decenas de príncipes mueren entre los espinos del castillo
  • No hay resurrección por beso

Si queréis leer versiones de los cuentos originales aquí tenéis los enlaces:

Cenicienta

Blancanieves

La bella durmiente

 

The lady from Cuenca

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Ya se ha superado una etapa en el audiovisual español. Ahora nos estamos dirigiendo a un público más adulto, más preparado. Los clichés de otra época ya no sirven. Hemos pasado por encima de un tiempo en el que el modelo estaba obsoleto. Podemos tratar al espectador de tú a tú.

Frases como estas han estado llenando las páginas (web) relacionadas con el mundo de la tele desde hace unos años a esta parte. Con la llegada de series novedosas (en España), de productos pensados para el consumo masivo que no respetaban los estándares que había hasta entonces (en España) se dio por concluido el reinado absoluto de las series pensadas para un ser aparentemente intrascendente pero de un poder casi sobrehumano: la señora de Cuenca.

La señora de Cuenca era esa mujer a la que hacían referencia los productores para indicar que los productos tenían que ser más entendibles. En una reunión con un productor aparecía siempre asomándose por el quicio de la puerta.

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Como esto, pero sin que parezca que haya nacido en Leeds y se llame Margaret

“Si yo lo entiendo perfectamente. Es un giro arriesgado, super interesante, pero tiene que entenderlo todo el mundo. Tiene que entenderlo UNA SEÑORA DE CUENCA”.

La señora de Cuenca (ya se sabe) era un poco medio lerda, tenía poco mundo, le encantaban las películas de Paco Martínez Soria, el telecinco de Raúl Sénder y Cruz y Raya (que eran muy gamberros), veía en su momento Tómbola y le gustaban las cosas que pudiera entender (así lo cuenta Alberto Rey, en el Mundo). Como no había viajado mucho, pues no le gustaban cosas raras. Nada demasiado violento, ni demasiado sexual, ni demasiado explícito, que los malos fueran malos y los buenos fueran guapos, lindos, un poco tontorrones y graciosos. Si podían tener problemas de amores, que no hubiera cuernos de por medio (porque en Cuenca, ya se sabe, no gusta lo de los cuernos ni la violencia ni el sexo).

Después han ido saliendo series y programas que parecían haber enterrado a esta señora. O ya no importaba demasiado o los directivos de las cadenas se habían dado cuenta de que la señora de Cuenca era mucho más arriesgada de lo que pensaban. Quién sabe, lo mismo había viajado y había probado nuevas cosas, nuevas comidas, nuevas experiencias. Había visto nuevos amaneceres, se había subido en un autoligero, había hecho parapente y escalada, incluso puenting (cosas que se ofrecían en Groupon, ya se sabe). La señora de Cuenca ya había empezado a ir a clases de inglés y veía cosas que llegaban de la BBC que el hijo que estudiaba en Madrid (= La Meca) se había descargado de internet. Y oye, le gustaba, (ya lo cuenta Ángela Armero en esta entrada de Bloguionistas). Quién se lo iba a decir cuando lo que más le apetecía del mundo era “Farmacia de Guardia” (para dentro, Romerales), “Médico de familia” y “Lleno por favor”.

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Ahora veía tranquilamente cómo en Velvet ese muchacho tan guapo y esa muchacha tan linda se acostaban sin tener en cuenta que él estuviera casado con otra. O veía cómo una serie transcurría íntegramente en una cárcel de mujeres que también se besaban y se querían y hacían sus cosas, o encajaba sin ningún problema que una señora muy señora se enamorara de un cura muy cura (todo muy en plan regenta).

Parecía que había dado un paso adelante, que había visto cosas nuevas y le habían gustado, pero de vez en cuando, como antes, asoma la patita por la puerta de los productores, que dicen “a ver si no se va a entender bien esta frase, o esta trama, o esta idea”… y la hacen obvia, y hacen que se mastique tanto que pierda la gracia.

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Así, por ejemplo, en una investigación un agente de la guardia civil busca en un restaurante japonés si tienen la lista de reservas. Cuando se la dan, tras revisarla, pregunta.

– ¿En este restaurante tienen sushi?

Y yo, que nací en Bilbao, me crie en Sevilla y vivo en Madrid me quedo con la boca abierta.

Y la señora de Cuenca, que hasta hace nada no había viajado ni había probado cosas nuevas, también.

Hace ya un par de años le abrieron en el barrio un japo y descubrió lo mucho que le gustaban los nigiris de salmón. Desde entonces pide que se los lleven a casa una vez al mes y los disfruta mientras descubre las intrigas de McNulty en The Wire, o lo malo que es Walter White, pero lo mucho que le gustaría que las cosas le salieran bien, o mientras disfruta de ese Miguel Ángel Silvestre tratando de hacer que triunfe el amor por encima de todo aunque no esté casado con su amante, o mientras se emociona de veras con cualquier otra serie en la que la tratan con respeto, como una persona que está en el mundo y que sabe más que lo que muchos directivos de las cadenas creen.

 

La realidad se cuela en las series

Embarcación repleta de inmigrantes que intentan llegar a las costas europeas
Embarcación repleta de inmigrantes que intentan llegar a las costas europeas

Piensa en un problema de actualidad que te preocupe. Digamos la corrupción, o el clientelismo político, o la inmigración ilegal, o la falta de ayudas sociales, o los desahucios, o el paro. Bien. Ahora piensa en una serie en la que parezca imposible que estas cuestiones aparezcan reflejadas. Y ahora imagina lo imposible: que en estas series se habla justamente de esos temas.

Cuando una serie es capaz de hablar de cosas que están al cabo de la calle, de temas que preocupan a las personas en su día a día, consigue ser más importante, más grande, más cercana y despertar más sentimientos en su audiencia.

El drama de los desahucios

Amador, el personaje de La que se avecina (aquí tenéis el enlace a la serie) comienza la serie siendo un tipo gris que trabaja en un banco. Tiene mujer y varios hijos. No tiene muchas luces. Al continuar la serie, Amador pierde su trabajo. Intenta desesperadamente que no se entere nadie y mantiene su tren de vida. Cuando se descubre el pastel intenta encontrar otro empleo. Cada vez más desesperado, no es capaz de mantener ninguno y finalmente es desahuciado y termina viviendo en la plaza de garaje con su mujer y sus hijos.

Yo creía que esto era una comedia
Yo creía que esto era una comedia

¿Es una crítica social? ¿No estábamos en una comedia? Sí… y sí. Es una comedia, pero el hecho de estar en una serie que trate temas de actualidad da más empaque al producto, hace que el espectador es una muestra de respeto hacia los espectadores.

Si le quitas los chistes, “La que se avecina” sería una serie de los hermanos Dardenne

La que se avecina es una comedia muy loca en la que sus personajes viven situaciones rocambolescas, pero a la vez muy, muy dramáticas. Si le quitamos los chistes La que se avecina sería una serie perfecta para que la firmaran los hermanos Dardenne. Desahucios, soledad, crisis vitales, falta de amor, desempleo, un empresario que vive en un mundo paralelo, casi fuera de su época (por mucho que sea mayorista y que no limpie pescado), incomunicación dentro de la pareja, problemas intergeneracionales… un catálogo de lo más variopinto para hacer un dramón que ver semanalmente bien pertrechado con pañuelitos de papel y dispuestos a llorar. Solo que decidieron hacer una comedia.

Clientelismo político

Ye he hablado mil veces de Cuéntame en el blog. En una de las temporadas de la serie, Antonio Alcántara, después de las primeras elecciones democráticas tras la transición, consigue un puesto como Director General en un ministerio. Merche, su mujer, le habla de que tienen que ahorrar, de que tienen que pensar en que las cosas pueden torcerse. Entonces Antonio le contesta:

Esto va a ir siempre a mejor, Milano
Esto va a ir siempre a mejor, Milano

ANTONIO

Pero por qué van a irnos las cosas mal, ¿mujer? Si esto es siempre a mejor.
Ahora estoy de Director General. Pues luego, cuando se acabe, me darán
otro puesto. Y luego otro. Así siempre. Y siempre a mejor.

En una conversación de menos de un minuto ambientada en 1981 se tratan temas que se pueden leer a diario en periódicos de 2015. ¿Por qué? Para hacer que los espectadores no perciban las series como algo ajeno, sino actual, que habla de su día a día aunque se trate de una historia de época.

Inmigración ilegal

Refugiados, la serie de Ramón Campos para Bambú y coproducida por la BBC, quiere ser una serie de ciencia ficción pero a la vez tratando temas de hoy mismo. El pistoletazo de salida de la misma, la premisa, es de lo más interesante: en un pueblo normal y corriente, con su gente normal y corriente, que lleva a diario su vida normal y corriente con total tranquilidad comienza a venir gente desconocida. No son inmigrantes, pero no son de allí. Se trata de gente que viene del futuro. Si fueran subsaharianos, o marroquíes, o gitanos rumanos estaríamos hablando de una serie sobre inmigración pura y dura. Pero sin que los personajes sean de países diferentes o de razas distintas es una serie sobre este tema. Refugiados, sin mencionarlo, habla sobre Siria, Palestina, Afganistán, Sudán del Sur, Libia…  Habla sobre el derecho al asilo político, sobre lo egoísta que se vuelve la gente cuando tiene miedo ante lo desconocido. “Los recursos son limitados”, dicen. “No podemos ayudar a todos. Nos hacemos cargo de que lo están pasando mal, pero no podemos hacer nada”. Tratan de defender “lo que es suyo”, su bienestar social, sus casas, su abastecimiento, su electricidad…

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Tocamos resortes que tienen que ver con el miedo y la solidaridad, con ese choque íntimo entre querer ayudar a los que lo pasan mal y defender lo que creemos que podemos perder. Por supuesto la serie va de otra cosa, hay asesinatos, tramas entrecruzadas en las que no sabemos quién es el bueno y quién el malo, en la que no sabemos si debemos o no fiarnos de los que vienen del futuro… si no, estaríamos hablando de una serie documental sobre los campos de refugiados, y no es lo que se busca. Se busca siempre entretener, mantener el interés del espectador, despertar en él emociones, pero si además hablamos de esos mismos temas de los que el propio espectador huye al sumergirse en las series, el resultado puede ser de nota.

Y entonces no hay más remedio

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…y uno sigue escribiendo, o lo intenta. Al menos no lo ve como una condena. Sencillamente sigue hacia delante. Y no es por obcecación, o por falta de temor al fracaso. Sencillamente uno sigue hacia delante porque es el único camino que conoce.

Sigue adelante fraguando proyectos. Pero antes de eso, uno vuelve a leer.

 

Volver a leer

Hace poco he leído algunas cosas que tenía pendientes. Algunos guiones que habían llegado a mi poder por unos medios o por otros. El último, uno sobre el capítulo de Cuéntame sobre el que hablaba en esta entrada. El guión escrito por Jacobo Delgado y Carlos Molinero es sencillamente delicioso. Las páginas van pasando rápidas, inevitables. Uno tiene la sensación de que el guión funciona como un reloj. Al leerlo he recordado este artículo de Ana Sanz-Magallón (autora de Cuéntalo bien, link en Amazon) sobre el tema de la lectura de guiones.

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Lo próximo que voy a leer gracias al colectivo 70 Teclas

Luego he leído de nuevo el guión del capítulo piloto de Breaking Bad (si queréis echarle un vistazo lo tenéis por aquí).

Y el guión de uno de los capítulos del Ministerio del tiempo (que Javier Olivares colgó vía twitter).

Para saber cocinar hay que probar muchos platos de comida diferentes en diferentes restaurantes. Para poder escribir, uno tiene que leer. Y si lo que quiere es escribir guiones, tiene que leer y leer y leer y releer y hacer anotaciones y analizar… guiones. No libros de Syd Field ni de McKee. Guiones. En la página de guiones en pdf tenéis un montón que a mí me han servido para ilustrar ejemplos de un montón de cosas. Leedlos si queréis. Además, en esta época de internet, todo es más sencillo. Encontrar guiones interesantes es más sencillo. Encontrar series que ver es más fácil. Buscar contenidos que analizar está tirado. Si queréis escribir, poneos en marcha y empezad a ver cosas y a leer.

Escribir otras cosas

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El nuevo blog en el que estoy escribiendo

Desde hace unos meses he empezado a escribir en un blog diferente. Es un desahogo. En él hablo de cosas pequeñas y de temas de actualidad. Yo, que vengo del periodismo y de la comunicación audiovisual, soy sensible a ciertos temas. Quedárselos dentro es lo peor que uno puede hacer. Así que he escrito sobre todos los pensamientos que se me van quedando clavados dentro en este pequeño nuevo proyecto que he llamado Coleccion De Cerillas. Si queréis echarle un vistazo lo tenéis por aquí. Sois más que bienvenidos.

Volver a los proyectos

Otra de las cosas que he hecho últimamente es volver a leer los proyectos que estaba moviendo entre las productoras.

Sinceramente creo que sirven, que son viables, que son interesantes y que aportan cosas. Pero como todo, después de leerlos he hecho alguna modificación, les he lavado la cara, les he cambiado el tono y los tengo dispuestos una vez más en el disparadero.

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¿Cómo conseguirá batman vender su proyecto?

Ahora falta una tercera fase: el Marketing

Si quieres escribir guiones seguro que también quieres que te paguen por hacerlo. Y si quieres que te paguen por hacerlo seguro (pero seguro, seguro) que necesitas alguien que esté dispuesto a pagar por ellos. Por eso, ahora tengo que empezar con la tercera fase del proceso, que es de las más importantes: la del marketing. Tengo que buscar productores que estén buscando historias, proyectos, que quieran vender cosas nuevas en las distintas televisiones. Si sabéis de alguno, soy todo oídos. Si os suena que alguna productora está interesada y buscando nuevos materiales, decídmelo y os lo agradeceré enormemente.

Puede que sea el tiempo de hacer SPAM (o riego por goteo) para encontrar un compañero de viaje (así es como veo el papel de un productor) con el que levantar algo por lo que uno ha luchado tanto.

Así que después del 100, viene el 101, y después el 102. Así hasta no acabar nunca, hasta que el cuerpo aguante. No porque sea un cabezota. Es que sencillamente no conozco otro camino.