Dos gays cualquiera en dos series cualquiera

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Las series, las películas, los programas de televisión que se hacen son el reflejo de lo que vivimos, de lo que somos, de la sociedad en la que nos movemos. No hablo sólo de la calidad de las series. También hablo de los subtextos, de los ambientes, de los personajes que deambulan por ellas.

En el origen de todo estaba Médico de familia (Génesis I, 14) y allí la chacha era andaluza, forzaba el acento, el mindundi de su novio era un patán, el abuelo veía los toros (y era fan de Enrique Ponce, que lo recuerdo) y no se apreciaba por ninguna parte personajes disonantes, diferentes, especiales, que no fueran de clase media-alta, que vivieran en un chaletazo imponente en uno de los barrios más caros de Madrid, que no se hicieran demasiadas preguntas, no tuvieran demasiados problemas y que tuvieran una visión de la vida, digamos, sencilla.

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¿Esto implica que Médico de Familia fuera una mala serie? Para nada. Puede que no fuera la mejor serie del mundo, puede que no fuera la serie que me mantuviera al borde del sillón, enganchado a más no poder, pero era una serie más que digna que se mantuvo muy bien en pantalla durante mucho tiempo.

Médico de familia no era la mejor serie del mundo, pero marcó una época.

¿Pero qué pasa? Que la sociedad avanza, y con ella sus series y sus películas y todas las obras que genera. Es verdad que hay un poco de todo, que a veces personajes y tramas están metidos con calzador, que no siempre el resultado es el más brillante (no todo lo que se estrena puede ser Los Soprano o A dos metros bajo tierra). Ahí está por ejemplo la trama gay de Los hombres de Paco, por ejemplo, que por muchos años que pasen no podré arrancarme de la cabeza.

A pesar de que no siempre se hace de la mejor manera posible el avance social siempre se ve reflejado en las series.

Volvamos a Emilio Aragón. Veinte años después de que finalizara Médico de Familia, y con un sueño de Resines de por medio, cuando ya había finalizado también Al salir de clase, Física o Química y tantas otras series que marcaron una época, Emilio Aragón levantó el proyecto de Pulsaciones.

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Como Médico de Familia, Pulsaciones tampoco era mi serie, pero había cosas en ella que me hicieron pensar justo en esto del avance, de que la evolución social y ficcional van de la mano. Uno de los personajes principales de Pulsaciones, una chica periodista, vivía con su novia azafata. Y todo era normal. Y no se hacía hincapié. Y no se gritaba ni había morbo. Y no se buscaban escenas tórridas porque sí, porque (eh, ¿os habéis dado cuenta?) sean dos chicas que se querían, se apoyaban, se compenetraban y hacían planes de futuro juntas.

giraltCasi a la vez se estrenaba en Telecinco Sé quién eres, una serie con toques muy chulos de thriller psicológico con una adolescente desaparecida y su tío como principal sospechoso. La serie, sobre todo en los primeros capítulos, funciona de maravilla, pero tampoco voy a extenderme sobre ello. No quiero hablar de sus giros, sus secretos, su protagonista frío, sus idas ni sus venidas. Lo que me interesa ahora es hablar de Giralt, uno de los personajes secundarios. Se trata de un inspector de policía de mediana edad. Serio, profesional, cabal, metódico, brillante… que tiene un trauma ¿cuál? Que un día su pareja se suicidó. De pronto, sin dar señales de que algo no funcionara bien. ¿Y sabéis qué? Su pareja era otro hombre. Y, oiga, no pasa nada. Sus compañeros de trabajo lo saben y lo respetan. O mejor: lo saben y les da un poco igual que Giralt sea o no sea homosexual. Lo que quieren es que sea un buen policía y que resuelva el caso. Nada más.

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Porque la sociedad en la que vivimos no está sólo compuesta de hombres fuertes heterosexuales tremendamente atractivos que, para añadir, están rodeados de mujeres atractivas débiles que necesitan ser protegidas. Porque en esta sociedad hay de todo y estamos todos y, por mucho que haya autobuses por ahí diciendo lo contrario, existe la homosexualidad y la transexualidad y la bisexualidad y, de verdad, no pasa nada de nada. No somos todos iguales y esa diversidad es un verdadero patrimonio que deberíamos defender con piedras, uñas y dientes.

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