Rodea a tu personaje de lo que lo defina

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La construcción de un personaje es un proceso complejo. Tenemos que decidir quién es, cómo es, qué le gusta, qué sucesos de su vida le han cambiado, le han hecho ser como es. Sin embargo hay algo que todavía es más difícil: mostrar cómo es nuestro personaje, transmitirlo.

A fin de cuentas nosotros lo sabemos todo de él, quién es, sus objetivos, por qué los tiene, pero tenemos que hacer llegar esta información al espectador.

Según los manuales de guión vamos dibujando un personaje a través de:

Lo que hace

Sean Penn en Acordes y desacuerdos está invitado a una fiesta en la que toca actúa y, de pronto, roba un cenicero. Luego, cuando vuelve a su casa lo analiza y lo tira a la basura. De lo que podemos de decir que A) es un cleptómano, y B) no tiene mucho apego a las cosas materiales.

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Lo que dice

“¿Por qué tienes que romper con ella? Sé un hombre. Simplemente deja de llamar”. Esto que dice Joey Triviani, deja bien a las claras cómo se comporta con las chicas.

Tratando genial a las chicas

Lo que dice de sí mismo

“Soy el mejor, soy el mejor, soy el mejor”. Eso es lo que se dice Robert de Niro en Toro Salvaje.

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Cómo lo tratan los demás

No me imagino al personaje de Stallone en Cobra sin ser respetado por sus vecinos pandilleros, la verdad.

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Lo que dicen de él

Volviendo a Stallone, en Acorralado, el coronel Trautman, dice que ha ido a la comisaría no a proteger a Stallone de la policía, sino a proteger a la policía de Stallone.

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“Ha comido cosas que harían vomitar a una cabra”

A esto hay que añadir una cosa más, los elementos de los que nuestro personaje se rodea.

En una película de Fritz Lang (creo que Secreto tras la puerta) uno de los personajes era un adolescente erudito. No tenía demasiadas escenas, pero querían que el concepto estuviera muy claro, así que decidieron que cada vez que el muchacho apareciera en escena tenía que hacerlo con un tomo de la enciclopedia británica. Si estaba sentado, pasaba las páginas distraídamente mientras hablaba, y si estaba de pie, trasladaba el libro para leerlo más adelante.

Está en el minuto 38 y medio.

Esto es un poco hacerlo a las bravas, pero hay otras maneras más sutiles de hacerlo y que definen al personaje con detalles. Un ejemplo es la planta de León, el profesional. León es un asesino a sueldo. Mata a gente por dinero lo que le convierte, a priori, en un tipo insensible, rocoso, sin valores. Sin embargo, León tiene un elemento que lo matiza: su planta.

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¿Quien diría que este tipo es un asesino?

La planta de León introduce en él un matiz. De pronto vemos que es alguien que tiene la sensibilidad de cuidar a una planta, de limpiarla, de hacer que crezca sana y fuerte y a la vez es un tipo despiadado. La planta nos hace ver al personaje de León más tridimensional, lo define, lo matiza.

Otros personajes se pueden definir o matizar con plumas estilográficas, relojes, anillos, látigos, hamburguesas, perritos calientes, cámaras de fotos, prismáticos, billeteras, teléfonos móviles, equipos informáticos, transistores de radio, botellas de vino, periódicos, sartenes, dagas, revistas, armaduras, perros, discos de vinilo, gatos, canarios, bolsos, instrumentos musicales…

La cuestión es saber qué elementos utilizamos, para qué y hacerlo en la medida justa para transmitir nuestro mensaje.

Los malos no ganan nunca, ¿verdad?

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Uno de los trucos más habituales de un guión es el de simular que el peligro que corre nuestro héroe es insalvable.

Cuando eso sucede nos ponemos de puntillas en el sillón, nos removemos en la butaca71NTqiNRatL._AA1500_ y casi nos tapamos la cara para no ver. Ahora sí, es seguro que nuestro héroe va a palmarla, o que el chico nunca en la vida acabará consiguiendo el amor de la chica, o llegará tarde para impedir la boda y será infeliz para siempre. Vemos cómo los malos van a ganar la partida y cómo nuestro héroe, que ya es casi uno más de la familia, un hermano, alguien a quien queremos y admiramos, va a ser infeliz el resto de sus días, si es que le quedan días.

Por supuesto siempre hay una parte de nosotros que sabe que eso es un truco. Sabemos que los malos no ganan nunca, ¿o no?

En el libro El viaje del escritor, de Christofer Vogler, basado en las etapas del héroe, de Joseph Campbell, se describe la fase llamada “todo está perdido” como una de las etapas del viaje del héroe . De hecho, muchas veces en casa, cuando estamos comentando una película hablamos de si el “todo está perdido” está o no está logrado.

Hay algunos casos en los que de verdad crees que todo va a acabar ahí, que te lo tragas. Te meten un gol por toda la escuadra (a partir de aquí spoilers a porrillo). Por ejemplo: Toy Story 3. En un momento dado todos nuestros amigos están a punto de ser quemados vivos en una especie de fundición. No pueden huir. Van a morir sin remedio y, de pronto, los chicos del gancho los salvan justo cuando van a caer. Justo cuando todo está perdido.

Uno de los tipos del gancho
Uno de los tipos del gancho

Pero ¿qué pasa cuando creemos que no puede ser que maten a nuestro héroe y, de pronto… se lo cargan?

No es que estemos tan tranquilos, pero creemos que sí, que se va a salvar. A fin de cuentas empezamos viendo la historia a través de sus ojos. Es imposible que vaya a morir. Así que afrontamos la escena culminante con una cierta tranquilidad. Y todo parece que va a acabar mal pero una lucecita de esperanza ilumina el segundo siguiente. Nos decimos: seguro que sí, que se salva, que al final alguien desvía el disparo, que alguien rompe la soga de la horca. Seguro. Y entonces, ¡zas!

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Como ejemplo, Juego de Tronos: Primera temporada capítulo nueve. Última escena:

Eddard Stark (nuestro prota) se somete a la gran prueba. Ante una multitud enfurecida, frente al rey (un adolescente insufrible) y a la madre del rey, admite que es un traidor, que intentó hacerse con el trono, que es un conspirador. La confesión es mentira. Es algo que está consensuado para salvar la vida de sus hijas. Le han prometido, además, que lo dejarán en libertad y le mandarán al norte, a servir en la frontera.

El rey escucha sus palabras de arrepentimiento. Dice que tanto su madre como su prometida (que es la hija de Eddard) le han pedido clemencia. Él había pensado que era buena idea, pero… cree que eso es de débiles y pide que lo ejecuten.

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Has aquí todo normal. En más de una escena nos hemos visto así. La mitad de las películas de aventuras tienen al héroe enfrente de uno de los malos que lo va a matar. Creemos que se acabará librando. Lo arrodillan. El verdugo se pone la capucha. Sus hijas miran atónitas, al borde del derrumbe. El verdugo saca una espada gigantesca. Todavía estamos a tiempo. Todavía alguien puede matar al verdugo o al rey, o a la reina, o a alguien. Puede pasar algo que salve a Eddard. Tiene que pasar algo.

Lo último que escuchamos es el sonido de la espada cayendo. La multitud grita. Sabemos que ha muerto y, esta vez sí, los guionistas nos han metido un gol de los buenos. Nos han hecho creer que siempre puede haber una salida pero nos han cerrado todas las puertas. Y nos hemos quedado esperando a que las abran hasta el último momento, hasta sentir el frío de la espada matándonos de golpe.