Si me emociona me vale

Uno de los aspectos más interesantes de construir un capítulo es la elección de las tramas.

Decidir qué contar, cuál es la historia de nuestra Historia con mayúsculas. ¿Qué nos parece más interesante? ¿Sobre qué ponemos el acento?

No podemos olvidar que estamos contando la historia de un universo concreto que como tal es complejo y tiene aristas y detalles particulares. Este universo puede ser el de la historia de una familia que vive la transición política en España (Cuéntame), o el de la historia del departamento de urgencias de un hospital (Urgencias, Anatomía de Grey, Hospital Central…), o la historia de la gente que ha decidido irse a vivir a un camping porque no tiene otros recursos (Con el culo al aire), o la de un grupo de mujeres de clase media alta que marujean en un bonito barrio de casitas blancas (Mujeres desesperadas). Estos son nuestros universos, y cuanto mejor definidos estén, más sencillo será nuestro trabajo.

El otro día encontré por twitter un hashtag que me hizo mucha gracia #tramasquenifunifa. Llegué a la conclusión de que las tramas se escogen mal si no somos capaces de cumplir una serie de requisitos.

¿Qué es lo ideal? Que la trama tenga ritmo y que ayude a avanzar y, sobre todo, que transmitan emociones dentro de nuestro universo, de nuestra gran historia.  Cuando nada de esto se cumple, mal vamos.

Estuve viendo hace poco un capítulo de Anatomía de Grey, y la trama que sostenía el capítulo era la siguiente: Unos médicos quieren utilizar twitter para comunicarse con otros hospitales y el jefe de servicio se niega. Aquí uno adivina que twitter ha tenido que poner un buen dinero para que se hable de ellos en una serie de este alcance. Pero, no sé. Me pareció una trama principal flojita, flojita. No tiene tensión. No provoca inquietud. No me empuja a querer saber qué pasará más tarde y no emociona.

Porque a fin de cuentas esto es lo principal de las historias: las emociones, y saber transmitirlas es lo que se tiene que trabajar, pero para eso hay que tener claro el camino y la meta. No hay que perder de vista qué queremos contar.

Algunos casos sobre los que se puede trabajar:

Mi personaje siente angustia porque quiere desarrollarse en su entorno familiar y sus padres no lo permiten.

Mi personaje siente inquietud porque están despidiendo a gente en su empresa y cree que él puede ser el próximo.

Mi personaje siente miedo porque le acaban de detectar un cáncer y no sabe si hay tratamiento.

Mi personaje siente furia porque su socio le ha estafado y quiere vengarse.

Mi personaje siente mariposillas en el estómago porque acaba de enamorarse de su nuevo compañero de trabajo.

A partir de ahí podemos trabajar ya con las miras más claras y elegir las tramas que nos van a ayudar a narrar estas emociones. No creo que se deba hacer nunca al revés, porque entonces nos podemos perder de lo lindo.

Vueltas de tuerca

O cómo mirar las situaciones de tal manera que uno pueda sacarles jugo de verdad.

He estado charlando de guión con una amiga que tiene un proyecto entre manos pero no sabe cómo darle un empujón. Entonces, buscando la manera de ayudarla, me he parado a pensar y le he dado un consejo que he debido leer en alguna parte, pero que me parece interesante: si tienes una situación, dale la vuelta y la historia se puede volver interesante.

Una situación dada puede ser la siguiente.

1. Han advertido a un empleado de banca que hay un ladrón por la zona.

2. Entonces un tipo mal encarado y una viejecita entran en un banco.

3. El empleado de banca está completamente seguro de que el tipo es el que le va a sacar una pistola.Toma con él todo tipo de precauciones. De hecho hay un par de momentos de tensión. Sin embargo, el tipo mal encarado se va y el empleado de banca cree que ha sido gracias a su perspicacia.

4.Lo que no sospecha es que la viejecita, cuando llega al mostrador, le saca una pistola y le dice que meta todo el dinero de la caja en un saco.

Otro ejemplo clarísimo está en los anuncios de Axe, sobre todo los primeros. En ellos el protagonista siempre era el mismo (aunque el actor cambiara): era el feo al que todas las tías buenas desean.

La idea es que una vuelta de tuerca, en su justa medida, descoloca y atrapa el interés del espectador. Las hay más acusadas y más sutiles, pero siempre están ahí.

Otro ejemplo está en uno de los capítulos de Lost, cuando se presenta a Mr. Eko, ese negro enigmático y fortachón resulta que en un determinado momento pasó de ser un matón… a ser un cura. Y la historia, por arte de magia, cambia, se hace más rica, más interesante.

Si nuestro objetivo es llegar hasta 10, no podemos in contando 1, 2, 3, 4… 10. Eso es previsible, y, como todo lo previsible, es aburrido.

Hay que dar saltos, sorprender, hacer que el espectador no se sienta cómodo del todo, que no se amodorre en el sofá con una historia absolutamente pronosticable. Porque si se adormece con nosotros, ¿qué le impide adormecerse en otro canal, en otra sala de cine, o haciendo papiroflexia? Nada. Y nosotros debemos ser la última frontera que impida que este espectador se nos vaya para siempre.

Otro ejemplo.

Raúl (56) entra jadeando en su modesta habitación. Tiene la cara y la ropa manchadas de sangre. Mucha sangre. Se mira en un espejo. Tiene el ojo un poco hinchado y un par de cortes poco profundos. No cabe duda: viene de una pelea. Con movimientos rápidos y precisos se quita la ropa y la esconde bajo un armario. Luego saca una pistola. La mira. Va a una estantería, coge una biblia, la abre: está hueca. Allí guarda el arma. Se limpia la cara y el torso. Luego, por último, se viste… con una sotana. Se mira en el espejo y su rostro se relaja, como si todo volviera a estar en su sitio. Armoniosamente, con gesto pío y las manos a la espalda, sale de la habitación y cierra la puerta tras él.

…y de repente parece que la historia nos interesa un poco más.