Dos gays cualquiera en dos series cualquiera

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Las series, las películas, los programas de televisión que se hacen son el reflejo de lo que vivimos, de lo que somos, de la sociedad en la que nos movemos. No hablo sólo de la calidad de las series. También hablo de los subtextos, de los ambientes, de los personajes que deambulan por ellas.

En el origen de todo estaba Médico de familia (Génesis I, 14) y allí la chacha era andaluza, forzaba el acento, el mindundi de su novio era un patán, el abuelo veía los toros (y era fan de Enrique Ponce, que lo recuerdo) y no se apreciaba por ninguna parte personajes disonantes, diferentes, especiales, que no fueran de clase media-alta, que vivieran en un chaletazo imponente en uno de los barrios más caros de Madrid, que no se hicieran demasiadas preguntas, no tuvieran demasiados problemas y que tuvieran una visión de la vida, digamos, sencilla.

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¿Esto implica que Médico de Familia fuera una mala serie? Para nada. Puede que no fuera la mejor serie del mundo, puede que no fuera la serie que me mantuviera al borde del sillón, enganchado a más no poder, pero era una serie más que digna que se mantuvo muy bien en pantalla durante mucho tiempo.

Médico de familia no era la mejor serie del mundo, pero marcó una época.

¿Pero qué pasa? Que la sociedad avanza, y con ella sus series y sus películas y todas las obras que genera. Es verdad que hay un poco de todo, que a veces personajes y tramas están metidos con calzador, que no siempre el resultado es el más brillante (no todo lo que se estrena puede ser Los Soprano o A dos metros bajo tierra). Ahí está por ejemplo la trama gay de Los hombres de Paco, por ejemplo, que por muchos años que pasen no podré arrancarme de la cabeza.

A pesar de que no siempre se hace de la mejor manera posible el avance social siempre se ve reflejado en las series.

Volvamos a Emilio Aragón. Veinte años después de que finalizara Médico de Familia, y con un sueño de Resines de por medio, cuando ya había finalizado también Al salir de clase, Física o Química y tantas otras series que marcaron una época, Emilio Aragón levantó el proyecto de Pulsaciones.

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Como Médico de Familia, Pulsaciones tampoco era mi serie, pero había cosas en ella que me hicieron pensar justo en esto del avance, de que la evolución social y ficcional van de la mano. Uno de los personajes principales de Pulsaciones, una chica periodista, vivía con su novia azafata. Y todo era normal. Y no se hacía hincapié. Y no se gritaba ni había morbo. Y no se buscaban escenas tórridas porque sí, porque (eh, ¿os habéis dado cuenta?) sean dos chicas que se querían, se apoyaban, se compenetraban y hacían planes de futuro juntas.

giraltCasi a la vez se estrenaba en Telecinco Sé quién eres, una serie con toques muy chulos de thriller psicológico con una adolescente desaparecida y su tío como principal sospechoso. La serie, sobre todo en los primeros capítulos, funciona de maravilla, pero tampoco voy a extenderme sobre ello. No quiero hablar de sus giros, sus secretos, su protagonista frío, sus idas ni sus venidas. Lo que me interesa ahora es hablar de Giralt, uno de los personajes secundarios. Se trata de un inspector de policía de mediana edad. Serio, profesional, cabal, metódico, brillante… que tiene un trauma ¿cuál? Que un día su pareja se suicidó. De pronto, sin dar señales de que algo no funcionara bien. ¿Y sabéis qué? Su pareja era otro hombre. Y, oiga, no pasa nada. Sus compañeros de trabajo lo saben y lo respetan. O mejor: lo saben y les da un poco igual que Giralt sea o no sea homosexual. Lo que quieren es que sea un buen policía y que resuelva el caso. Nada más.

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Porque la sociedad en la que vivimos no está sólo compuesta de hombres fuertes heterosexuales tremendamente atractivos que, para añadir, están rodeados de mujeres atractivas débiles que necesitan ser protegidas. Porque en esta sociedad hay de todo y estamos todos y, por mucho que haya autobuses por ahí diciendo lo contrario, existe la homosexualidad y la transexualidad y la bisexualidad y, de verdad, no pasa nada de nada. No somos todos iguales y esa diversidad es un verdadero patrimonio que deberíamos defender con piedras, uñas y dientes.

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Trabajar haciendo guiones

img_20160707_204440Llevo un buen tiempo sin pasarme por aquí. Es verdad, lo sé y lo siento, pero ha sido por una buena causa. Después de mucha pelea, después de mucho llamar a un millón de puertas y de ver cómo la mitad de las veces ni me abrían y la otra mitad me contestaban (poniendo carita de lástima) que no necesitaban comprar ninguna enciclopedia, después de haber hecho un buen puñado de proyectos y haber intentado venderlos aquí y allá… después de todo, por fin, he conseguido dedicarme a vivir de escribir guiones.

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Ha sido en La Fábrica de la Tele, en un programa que muchos conoceréis y que se llama HABLE CON ELLAS. Pues bien, de un día para otro, después de tanto insistir, me vi embarcado en este proyecto tan chulo que era resucitar un programa que había sido retirado de la programación en un par de ocasiones.

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La experencia no ha podido ser mejor. El equipo ha sido maravilloso. Trabajar con gente tan capaz, tan creativa, tan arriesgada, tan loca y a la vez tan con los pies en la tierra es algo que le deseo a todo el mundo. Entre todos y gracias a todos hemos sido capaces de levantar esa pequeña catedral gótica que es un programa de televisión en prime time.

Se te ocurren locuras y van los directores y te las compran

Una de las cosas más chulas de trabajar en la tele es que se te ocurren locuras, las sueltas por esa boquita que Dios te dio y resulta que te las compran, que gustan, que se gasta tiempo y dinero y energía en hacerlas realidad. Así se han llevado a cabo en el programa carreras olímpicas con patinetes, descensos del Sella desde un tobogán hinchable (con piñazo de Alba Carrillo incluido), entradas con tractores, atascos de coches a las puertas del plató, duchas de moco verde a una de las presentadoras o carreras de una de las invitadas (nada menos que Terelu Campos) en una cinta estática.

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Una compañera de producción me dijo un día que admiraba muchísimo a los guionistas, que éramos muy creativos, que estábamos todo el día inventando cosas. Lo que no sabía ella es que lo más admirable de todo es conseguir que todas esas ideas se hagan realidad.

De todo este periplo me queda, sobre todo, el agradecimiento a la productora por haber confiado en alguien tan obviamete desquiciado como yo y la experiencia de haber hecho posible un programa de televisión con un grupo de gente estupendo.

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Ahora empieza una tarea difícil. Una vez que el programa ha cuplido su ciclo toca buscar (de la manera que sea) un nuevo proyecto, una nueva oportunidad, otro tren que esté a punto de salir de la estación o que se haya puesto ya en marcha y al que le falte un fogonero. Yo estoy a disposición de ustedes, amigos productores y jefes de equipo. Soy bien mandado y a veces cuento chistes absurdos. Además invito a café de cuando en cuando.

 

¿Qué pasa hoy? (El caso de la Embajada)

Si quieres hablar conmigo cuéntame lo que sucede en la calle, lo que preocupa a la gente, lo que le quita el sueño a tu vecino, lo que provoca ansiedad.
Si quieres hablar conmigo háblame de lo que sucede hoy. En tu calle, en tu casa, en tu vida. No me vengas con tonterías. El sol siempre sale por el este y se pone por el oeste. Si vas a venir a hablarme de obviedades cállate, márchate a tu casa y no vuelvas hasta que no tengas una historia con algo de verdad en sus entrañas.


Personaje mosqueado que me acabo de inventar.
España.
2016

embajada

Hace un tiempo publiqué una entrada en el blog titulada La realidad se cuela en las series” y he querido recuperar el tema porque la tendencia parece que se fortalece. Esto, de entrada, es una buena noticia. Hay productos televisivos para todos los gustos, por supuesto, y no hay que olvidar que la televisión tiene más de un uso. Hay quien sólo se acerca a la tele para entretenerse y olvidar el día a día, pero también hay quien se engancha a series y a programas para entender mejor el día a día, para posicionarse en el mundo.

Hay programas que sirven sólo para entretener.
No son los únicos.

Programas que no van a nada más (y a nada menos) que a entretener hay una buena cantidad cada día y en cada cadena. La ruleta de la fortuna es un ejemplo (no sé si sabéis en qué consiste). En cualquier caso, esta entrada va de otra cosa, de esos productos audiovisuales que aspiran a nada menos (y a nada más) que a retratar el mundo en que vivimos.

La embajada (un caso de estudio)

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La productora Bambú es especialista en retratar aspectos de la actualidad en los productos que consigue colocar en las diferentes cadenas (#HireMePlease). Lo consiguió, por ejemplo, hablando de las dificultades laborales a las que se enfrentan las mujeres (Velvet, enlace aquí). También lo consiguió hablando del fenómeno de la acogida y de la huida de personas de lugares en conflicto (Refugees) y ha incluido elementos interesantes y de actualidad en casi todas sus creaciones.

Sobre la corrupción podría haber muchas series,
y más en España, pero hasta La Embajada
no había casi ninguna que tocara este tema.

En La Embajada encontramos la historia de una trama de corrupción política a gran escala generada en una embajada española en Tailandia. Dicho así, uno puede decir “muy bien, pues vale, de esas puede haber muchas”. Sí… y no. Existe la posibilidad de que haya muchas series que hablen de la corrupción, pero lo cierto es que no las hay. En nuestro país ha habido casos contados en los que hemos tratado este tema. Crematorio  es un ejemplo. Como también lo es Sin Identidad o El Príncipe, pero se trata, sin duda, de excepciones a la regla. Fuera, por supuesto, es otro cantar, pero hablamos de España, no del resto de Europa ni de Estados Unidos.

Aquí parece que tratar temas de actualidad nos cuesta un poco, pero que hablar de la corrupción o del clientelismo político directamente es una utopía. Pues bien, La embajada se lo ha saltado, ha dado un paso más y ha entrado en harina en este tema.

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El tren del tito Paco tiene la culpa de todo

Pero además lo ha hecho con gracia. La serie está trufada de guiños a la actualidad política, a las noticias que uno lee en los periódicos.

Si un empresario hace un regalo a la mujer de un diplomático corrupto ella dice: “Te has pasado tres pueblos”. Y el mismo empresario llama continuamente “Amiguito del alma” al diplomático que tiene en nómina (no sé si os suena el paralelismo).

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Te has pasado tres pueblos, amiguito del alma

Si hay un juicio y le preguntan a un responsable político sobre un acusado de corrupción el político no dice el nombre, dice: “Esa persona de la que usted me habla”. En esta piedra ha tropezado también algún que otro dirigente.

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¿Se pueden incluir en una serie elementos que hagan referencia a las escuchas del caso Gürtel? Pues mira, sí.

¿Se puede poner de manifiesto lo ridículo que queda un político al negarse siquiera a mencionar un nombre? Pues anda, también.

No sé si la culpa de esto la tendrá Carlos López, Ramón Campos, Gema Neira o quién, pero desde aquí mi enhorabuena y mi agradecimiento por incluir esta dosis de inteligencia en una serie nacional.

Aparte, por supuesto, están otros elementos, el thriller, la tensión, las tramas amorosas, las intrigas políticas, la trama legal… todo se va entrelazando con elegancia. Es verdad que tiene elementos que pueden mejorarse y situaciones algo forzadas, pero es un verdadero must en la televisión de hoy en nuestro país.

 

 

El viaje de la heroína en Velvet

El personaje de Ana en la serie Galerías Velvet nos da una lección sobre en qué consiste el viaje del héroe y cómo se aplica a un guión para una serie.

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(Disclaimer: Si estás buscando un artículo sobre drogas siento decepcionarte. Cuando hablo de heroína no hablo de la sustancia con la que se trafica, que se inyecta -o se fuma- y provoca dramas humanos, familiares y sociales; de lo que hablo es de la forma femenina del nombre común “héroe”. Sorry si no cumplo expectativas)

Hace ya bastante tiempo que Galerías Velvet está fuera de la parrilla, pero no está de más repasar esta serie de Bambú creada por Ramón Campos para que podamos ver cosas interesantes en lo que corresponde a su guión.

Muchos ven Velvet por el vestuario o la dirección de arte, pero sin un buen guión nada de eso serviría de nada

A uno la serie le puede gustar más o le puede gustar menos. Puede que mucha gente la vea porque se trata de una producción muy cuidada en la que la ambientación tiene un peso enorme, en la que los vestuarios y los decorados nos transportan a otra época… pero como lo que queremos aquí es hablar de guión, tenemos que decir que Galerías Velvet es una serie bien escrita, bien tramada y bien justificada.

El ejemplo del viaje del héroe

En la última temporada (ya viniendo de la anterior) el personaje de Ana, protagonizado por Paula Echevarría, nos da una clase magistral acerca del viaje del héroe (en este caso el viaje de la heroína -again, no es un opiáceo-).

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Situación de partida

Es una modista que quiere ser diseñadora

Evolución

Por una serie de circunstancias evoluciona, se forma, crece y consigue considerarse a sí misma alguien capaz de ser diseñadora.

Trabajo

Da el salto y consigue de hecho trabajar como diseñadora gracias al apoyo de un diseñador amigo suyo que trabaja para las galerías.

Secreto

Para que la colección sea un éxito deciden, entre los dos, ocultar al público que ella es la diseñadora. Trata de quedar en el anonimato firmando la colección bajo un seudónimo masculino.

Zancadilla

Una de las malas de la película descubre el secreto a las clientas de las galerías y trata de mellar la imagen pública de Ana.

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Más mala que la tiña

La prueba y el resultado

Presenta su colección (culmen, clímax, momento de gran expectación), pero el resultado es un fracaso estrepitoso. Se aisla del mundo. Se da cuenta de que ha fracasado. Cree que no podrá nunca ser diseñadora de moda.

Volver a empezar

Intenta volver a ser una modista.

STOP

Justo en ese momento, Doña Blanca, la estricta jefa de taller interpretada por Aitana Sanchez Gijón le da una de esas charlas que definen totalmente el viaje que ha vivido el personaje principal (en realidad cualquier personaje). Le dice:

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DOÑA BLANCA

Da igual que te pongas esa bata. Ya nunca serás la modista que eras antes. Es imposible. Has vivido demasiadas cosas.

Y voilà (léase vualá), acabamos de escuchar la definición del viaje del héroe en todo su esplendor. Esto habría que ponerlo en un cuadro de punto de cruz para tenerlo siempre presente.

cruz
something like that

Cuando el personaje vuelve de su periplo al lugar de origen (en este caso al taller de modista), no importa que intente que todas las cosas sigan como antes. Es imposible porque él, el personaje, es el que ha cambiado y todo a su alrededor será diferente sencillamente porque él lo ve todo distinto.

Nadie, ni un personaje de ficción ni una persona de carne y hueso puede volver de un viaje sin haber cambiado, sin ser diferente

Lo mismo sucede con cualquiera de nosotros. Hay una serie de vivencias que nos cambian y tras las cuales no volvemos a ser los mismos. Un viaje a la India, una estancia de ERASMUS, colaborar en un centro de acogida, cambiar de trabajo, vivir una enfermedad, sufrir una pérdida, quedarse en el paro… Todas estas experiencias (cualquiera de ellas, o incluso algunas que no sean traumáticas o que no impliquen una gran aventura) nos pueden cambiar para siempre. No importa que lo que haya a nuestro alrededor permanezca igual. No somos los mismos. No volveremos a ser los de antes.

Lo mismo le sucede a Ana en Velvet o a nuestro amigo de toda la vida que volvió tan cambiado de su año estudiando en Londres. Es la evolución, es la vida.

 

El éxito

Un guionista se enfrentándose a la hoja en blanco. Este es el principio de todas las historias que vemos en el cine y en la televisión.

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INT. DESPACHO DEL GUIONISTA – DÍA

En la pantalla en blanco parpadea insistente el cursor. El guionista, con barba de tres días, ojos reposados, sostiene una taza de café humeante en las manos. Mira con serenidad ese cursor parpadeante. Da un trago al café. Su despacho es un cubículo ordenado. Quizá una guitarra en un rincón. Quizá un calendario con fechas tachadas. No hay ropa por medio aunque se adivine que el despacho forma parte de su casa, no de una oficina. Por la ventana se cuela una luz alegre de primavera. El guionista huele su café, se deleita y lo deja sobre la mesa. Entonces comienza a teclear. Todo da vueltas en su cabeza, pero el tecleo constante pone orden a esa mezcla de ideas, de situaciones que piensa. Mágicamente, las palabras que teclea, se hacen reales. Salen de la pantalla del ordenador (un barco, una mujer en bikini llorando en cubierta, un niño con una lupa, una hormiga gigante saliendo del mar). El guionista teclea sin parar porque, sencillamente, nada puede pararlo. Toda su historia está en su cabeza y tiene que sacarla de allí.

La productora acepta el guión sin mover una sola coma

Al cabo de una semana el guionista ha dejado de escribir. Su historia está completa en el papel. La manda a una productora (que le ha pagado previamente generosamente) y no le ponen ninguna pega. De hecho le dicen que es lo mejor que han recibido en años, que así da gusto trabajar. La productora contrata a la actriz protagonista a la que el guionista hizo referencia en una reunión como “la chica en la que pensaba cuando escribió la historia”. El director viene de dar un pelotazo con una película que no sólo ha funcionado bien en taquilla, sino que además está llena de momentos de cine de verdad. Lo han tentado con Hollywood, pero prefiere hacer este último proyecto antes porque lo considera esencial para su trayectoria.

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Después de tres meses de preproducción todo está a punto. Las localizaciones están seleccionadas, los equipos alquilados, el personal está dispuesto. En tres semanas se rueda. En otras tres la cinta está lista. Seis meses después, en Octubre, la película se estrena y es un gran éxito. Tanto que el guionista, el director y la actriz protagonista reciben ofertas de medio mundo para trabajar en otros proyectos, pero con total libertad creativa. Es sólo el principio de un largo viaje. El guionista (que es nuestro prota) lo mira todo con aire de satisfacción, pero con un poco de miedo. Todo eso parece un poco irreal. Es como si no estuviese sucediendo verdaderamente.

No quiere despertarse. Quiere saborear un momento más ese éxito

Entonces cae en la cuenta. Es demasiado bonito para ser real, pero a la vez demasiado hermoso como para no luchar por ello. Sabe que se ha quedado dormido en algún punto. Es posible que ni siquiera haya empezado a escribir, que el cursor siga parpadeando insistente desde la página electrónica y blanca del ordenador y él se haya quedado aletargado con el café (ya frío) en la mano, pero no quiere despertarse. Todavía no. Quiere saborear un momento aún ese éxito. No el de la película realizada, el público a sus pies, el smoking en Cannes, sino ver cómo en el otro lado del mundo, más allá de ese espejo del ordenador, todo eso puede ser posible, al menos en parte.

Charlie KaufmanRespira hondo. Sabe que no está preparado, pero se hace el fuerte. Va a despertar. Cuando lo haga escribirá el encabezamiento de su primera escena. Luego vendrá la lucha. No sabe si llegará al final del camino, pero está seguro de que sólo el esfuerzo merecerá la pena. La motivación es terminar el trabajo, no buscar premios ni futuros contratos. La motivación es seguir adelante, escribir la primera escena y continuar como si no hubiera retorno posible, porque está seguro de que ha nacido para eso. Solo para eso y no puede luchar contra sí mismo.

El amor y las series

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Me impresionó mucho una frase de Steve Jobs en su famosa conferencia en la universidad de Stanford en 2005. El resumen de la idea es “Si no has encontrado el trabajo que te haga feliz, sigue buscando. Lo encontrarás y sabrás que es ese. Es igual que el amor”. Aquí os dejo una presentación en la que se muestra la idea principal. Me gusta cómo juega con los elementos gráficos (está en inglés, por cierto).

Encontrar tu trabajo es como encontrar el amor. ¿No es bonito eso?

Pues algo así es lo que sucede también con las series y con las películas. Hay veces en que no sabes por qué, pero la serie que tienes delante tiene algo que escapa a cualquier análisis y te fascina. Sientes que acabas de entrar en un lugar que es tan tuyo como tu casa y más mágico que un bosque. Esa serie te dice algo, te llama, mueve determinados resortes que estaban ahí, esperando a que alguien los tocara. Y poco importa si hay fallos, si la iluminación es deficiente, si hay alguna trama que se queda medio descolgada… Simplemente te fascina, te atrapa. Lo único que queda por hacer es dejarse llevar y disfrutar al máximo.

Lo normal es volverse insensible a los fallos de una serie que te enamora

Algo parecido a eso me ha pasado en series como El Ministerio del tiempo (para mí lo mejor que hay ahora mismo en ficción en España), o con películas como Coherence (una verdadera pequeña maravilla de ciencia ficción) o En la casa, de François Ozon.

¿Que estas obras tienen errores? Claro. Coherence ganaría con alguna trama secundaria y el Ministerio tiene algunas escenas a las que les falta algo de ritmo. Todo es mejorable, pero a mí, sencillamente, me llegan al corazón. Punto. No hay discusión posible, porque no se puede discutir sobre emociones. Si en una relación alguien deja de querer a la otra persona no hay nada que hacer, ni que discutir, ni que porfiar. Se acabará. Puede que no haya una explicación. Sencillamente el amor se habrá acabado.

Hay relaciones en las que el amor se acaba sin que nadie sepa por qué

También sucede en el caso opuesto. Hay películas que parecen tenerlo todo, y series bien estructuradas, con actuaciones estelares y con tramas interesantes que nos dejan más fríos que la sonrisa de un verdugo.

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Ayer vi la premiere de El Caso y me sucedió algo por el estilo. La trama estaba bien, las actuaciones eran más que correctas, los secundarios llenaban las escenas notablemente, la ambientación era muy interesante… pero mi corazón no reaccionaba. Al acabar el capítulo estaba a punto de irme a la cama cuando vi que reponían el primer capítulo de Desaparecida. De pronto todo cambió. Sentí como si algo despertara dentro de mí. En la pantalla se notaba el artificio, había alguna actuación digna de mejor causa, pero me interesaba, me atrapaba, me empujaba dentro de esa historia.

Si alguien me pregunta cuál es la diferencia no sabría qué responderle. Puede que sea una cuestión de química con una historia. Puede que sea sólo una cuestión de amor.

La fe de escribir un guión

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Escribir un guión es un ejercicio de fe. Eso lo sabemos todos los que pasamos nuestro tiempo juntando palabras que quieren acabar convirtiéndose en una historia. El proceso es duro, muy duro. Uno tiene que batirse el cobre con elementos que se encuentran tanto dentro como fuera del propio hecho de escribir. Se lucha contra las estructuras que se le pueden atragantar, contra motivaciones burdas de personajes, contra el vacío contra el que se estrella tu historia llegado a un determinado punto. Después, si se han logrado superar estos escollos se lucha por conseguir el equilibrio entre desvelar y sugerir, entre la obviedad y la pista. Se lucha por lograr que lo que acaba en el papel sea exactamente lo que teníamos en la cabeza cuando comenzamos, meses atrás, esta aventura.

El miedo a que tanto esfuerzo se quede en nada

Pero es que además tenemos que pelear contra los elementos que están fuera del propio proceso de escritura. La incomprensión de los demás, el miedo a que tantas horas, tanto esfuerzo no valgan de nada, la sensación de que al final, en el mejor de los casos, se conseguirá terminar la obra, pero que esta tiene muchas posibilidades de que quede para siempre metida en un cajón. Hace poco, vía facebook me llegó un vídeo de lo más explicativo sobre qué era conseguir que se realizase una película.

Vídeo Filmmaking – A Recipe For Disaster

Hace mucho tiempo, en un pub de jazz de Sevilla decidí que iba a dedicarme a escribir. Había quedado con un amigo que aseguraba tener una idea brillante para un cortometraje (si la cita fuera hoy me hablaría de un microteatro, está claro). La historia no me convenció del todo. Era un poco demasiado “de tesis”. No me movió, pero había disfrutado tratando ideas, secuenciándolas, imaginando personajes y una trama sólida.

Sonaba en el ambiente el piano de Bill Evans y entonces lo supe. Fue como una epifanía, una llamada a la aventura que no podía desoír. Yo iba a escribir historias. Puede que no la suya, pero sí otras que fueran ilusionantes, que despertaran emociones. Colgada de la pared, en un rincón del pub, una camiseta negra con una trompeta blanca era testigo de mi decisión.

– Ves esa camiseta -le dije a mi amigo -. Será lo primero que compre cuando cobre por algo de lo que escriba.

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Not mine… yet

Cuando comencé a escribir guiones leí un artículo en el que un guionista de cierto renombre declaraba que entre un 80 y un 90 por ciento de las cosas que había escrito no tenía salida. Del resto, lo que llegaban a la consideración de una productora, había otro corte y menos de la mitad llegaba a buen puerto, a la producción, al casting, a los actores, a la emisión. En resumen ¡menos de un cinco por ciento de lo que escribía! ¡Él, que era conocido, que estaba establecido en el sector!

Dicen por ahí que menos de la mitad de un diez por ciento de lo que escribe un guionista tiene salida.

La verdad es que leer ese artículo me dejó pensando, pero no tenía otra opción: yo tenía que ser guionista, tenía que escribir, tenía que conseguir “colocar” historias, hacer que se emitieran, hacer posible que aquello que comenzaba en un papel acabara en una pantalla.

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Cafe Jazz Naima, en Sevilla

De momento no he conseguido que nadie quiera coprar una serie que tengo muy avanzada, ni ninguno de los dos programas de entretenimiento que andan rulando, ni siquiera me he decidido a escribir un microteatro. Pero hace nada logré hacer algo de lo que no me creía capaz (vistos los resultados precedentes): conseguí que alguien se interesara por un sketch que había escrito. De hecho le gustó bastante y le pareció lo suficientemente interesante como para pagar por él y encargarme más. Así que dentro de nada pasaré a engrosar la lista de guionistas que, en algún momento de su carrera, han conseguido cobrar por su trabajo. Ya tengo gastado el dinero que cobraré por este encargo. Por fin compraré la camiseta que vi hace años en un pub de Sevilla y tendré la sensación de comienzo a caminar por un sendero nuevo.